Biografia

Familia Allende1958 fue sin dudas un año importante para mis padres, Gloria Elsa Del Carmen Gudiño, ama de casa y Antonio Mateo Allende, sastre de profesión, ya que el 10 de enero de ese año nacía su primer hijo: (¡Yo!), a quien bautizaron con el mismo nombre del orgulloso papá. El privilegio de ser único hijo, duró muy poco, ya que en el otoño del siguiente año llegó Walter Bernardo, en el otoño subsiguiente hizo su aparición Gloria Del Carmen, a continuación (también en otoño), apareció un pícaro gordito a quien llamaron Milton Edgardo; hasta que por fin pudieron burlar a la estación triste y gris, para que Ada del Socorro naciera al promediar el famoso verano del ‘62. A partir de este momento y luego de adquirir un novedoso aparato de TV, la fogosa pareja se tomó un respiro hasta que trece años después, llegara a la familia la pequeña Estela Lucía de quien además de hermano dieciocho años mayor, ostento el orgulloso título de padrino de bautismo.

Mi primer gran golpe de suerte, fue haber nacido en el viejo y glorioso Barrio de San Vicente, cuna de leyendas, personajes y testigo de las historias que ayudaron a forjar la inconfundible personalidad de nuestra querida 
Córdoba
– (Argentina). En esas calles transcurrió mi infancia, a orillas del río al que los indígenas llamaban Suquía.

En las aulas de la escuela Presidente Rivadavia, cursé los seis años de ciclo primario, donde realicé mis primeros pasos en las letras, los números y el amor, al enamorarme de la señorita Mery (mi maestra de primer grado). Por otra parte, mi espíritu deportivo desplegaba sus alas en los patios del colegio Salesiano San Antonio de Pádua, en el marco de sus inigualables “vacaciones en actividad“, ámbito donde los jóvenes capitalizábamos nuestro tiempo libre realizando tareas gratificantes y al mismo tiempo, nos ayudaban a crecer como personas de bien.

Al momento de ingresar al colegio: “Instituto Secundario Domingo Faustino Sarmiento“, tuve mi primera experiencia laboral asociado a un compañero de curso llamado Luis Requena en una venta ambulante de huevos, Antonio Mateo Allendeemprendimiento que finalizó el mismo día de comenzar, tras librar una tan irresponsable como divertida batalla entre ambos socios, desde una vereda a la otra, utilizando la noble mercancía como temerarios proyectiles.

De todas maneras, mientras cursaba el secundario, me tocó realizar la más variada gama de actividades a saber: envasador de carbón, aprendiz en el taller de chapa y pintura de un tío, cadete en una empresa metalúrgica, vendedor callejero de vinos en damajuana, audaz jardinero, artesano en artículos de cuero, y hasta llegué a ser un adolescente jefe de taller, con una plantilla de cincuenta personas en su mayoría mayores y más responsables que yo.

Luego de realizar un esforzado intento por hacerle realidad a mamá su sueño de tener un hijo doctor, me di por vencido al poco tiempo de comenzar el cuarto año de la carrera de medicina, tomando la drástica decisión de reemplazar los libros por costosos pinceles de pelo de camello. Con un sorprendente rédito económico (para lo que yo venía acostumbrado) y aplicando los conocimientos adquiridos en mi etapa de artesano, comencé a pintar vidrieras y letreros comerciales; los que firmaba con el seudónimo de “Junot”, el que había tomado prestado del más famoso de los fotógrafos franceses: Philippe Junot cuyo nombre, por esa época, aparecía en la primera plana de todos los medios periodísticos del mundo, tras haber cometido la bella osadía de abandonar su cámara fotográfica, para casarse con la princesa Carolina de Mónaco.

Antonio Mateo AllendeSiempre tomé nota de las señales que me daba el destino para realizar un cambio de planes. Así fue que luego de malograr un nuevo modelo de automóvil, de una agencia, que esa tarde sería presentado a la prensa, tras la caída accidental de un gigantesco mástil que yo manipulaba y a pocas horas de haber provocado una horrible mancha de pintura, sobre la glamorosa alfombra de un negocio cuyo dueño era famoso por su desbordante carácter; decidí que era tiempo de alejarme de los letreros.

Así fue que sumando mis experiencias como artesano a los conocimientos adquiridos en mi reciente período de letrista, y acudiendo a la fuente creativa que todos llevamos en nuestro interior, surgió un simpático producto a utilizar como pequeño regalo: el mini- poster de tela, con tiernos mensajes. Para completar la línea y tomando nota de que las tarjetas de salutación que se vendían por aquellos días eran demasiado acartonadas para la forma de ser de los cordobeses, me animé a fabricar, con dibujos propios de un adolescente y las letras informales que caracterizaban a mis letreros, una pequeña serie de tarjetas artesanales, tan novedosas como desfachatadas. En su dorso, a modo de marca, les imprimí el seudónimo con que firmaba mis letreros. Todo estaba listo; con mis hermanos como calificado personal de taller y Adriana, mi esposa por aquella época, al frente del local de ventas al público, nacía una pequeña empresa familiar: Tarjetas Junot.Antonio Mateo Allende

Alejado de mis seres queridos, mientras tomaba un café con sabor a soledad,
en la mesa de un bar y sobre una servilleta de papel, escribí mi primer poema: ¿cómo decir te quiero, a través de la distancia…? Nunca antes había tenido una experiencia similar… ¿sería una señal?. Llegaron nuevos poemas y luego mi primer libro: “Seguirás siendo mi amor”, y ya no tuve dudas: Se ponía de pié una vocación que durante casi cuarenta años había permanecido dormida en mi interior y comencé en esta aventura de coleccionar sentimientos y escribirlos en un papel.

No creo oportuno detallar en esta pequeña semblanza, las intensas alternativas que signaron mis cincuenta años de vida; aunque sí puedo intentar resumirlas a su mínima expresión, contando que así como hubo días maravillosos en que me sentí la persona mas feliz del universo, también existieron noches en que alguna pesadilla conseguía escapar de su mundo irreal para instalarse en mi vida y convertirme en unos pocos segundos, en el más desdichado de los seres. De todas maneras, esas alegrías y penas, los triunfos y fracasos, las pasiones, los temores, el dolor, las vergüenzas… y hasta la locura, resulten ser el precio de un costoso aprendizaje que quizás, cobre sentido desde las desprevenidas páginas de alguno de mis libros.

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